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Estética, neuroestética, descolonización. Hacia un enfoque sistémico

 

Mag. Nicolás Luis Fabiani

GIE – IECE – SIGNIS

 

I.- La Estética se ha ocupado, antes y después de la modernidad, de reflexionar acerca de lo bello y de las artes. A partir de Hegel su objeto podría limitarse, en muchos casos y como quiere el filósofo, a una “Filosofía del Arte”.

Pero vengo alejándome, en distintos trabajos, de esta reducción de lo estético a la filosofía. Nada impide que quien quiera permanecer en dicha opción pueda hacerlo. Podemos reflexionar sobre Arte, siempre y cuando tengamos en cuenta que vamos a ocuparnos de alguna de las varias manifestaciones artísticas particulares, sabiendo además que, ineludiblemente, cada una de las artes exigirá la adecuación del enfoque a cada una de ellas en particular, dadas sus  diferencias evidentes entre unas y otras.

Aventurarse más allá del campo de las artes implicaría ocuparse de la naturaleza y de todo producto humano; considerar el más amplio campo referido a los procesos perceptivos (y mucho más). Por otra parte, es posible que hoy ni siquiera tengamos en claro a qué llamamos arte, y dónde establecemos los límites entre lo que es y no es. Quiero señalar que mi interés me lleva por otros caminos, que me importan los modos de percibir, los procesos de percepción, las reacciones emocionales y las concepciones (o creencias) culturales. Más aún, me  ocupa un enfoque sistémico. El Arte (siempre mejor las artes) es, con todo, un reducido campo de estudio.

Ahora bien, si de bello se trata (o de la belleza), ¿quién podría afirmar que sólo se encuentra en las expresiones artísticas? Razón demás para traspasar los límites.

 

II.- Es un hecho conocido que desde hace poco más de diez años debemos contar con nuevos aportes de las ciencias -la aparición la neuroestética, específicamente- que vuelven ineludible no sólo su simple mención sino también la imprescindible reflexión en torno a sus propuestas. Para algunos, el problema de lo bello encuentra su “solución” en nuestro sistema neuronal. Semir Zeki (al que se considera fundador de la neuroestética) anuncia claramente desde el título de su libro esta atención a la neurofisiología: Visión interior. Una investigación sobre el arte y el cerebro. Reitero aquí una cita considerada en un trabajo mío anterior: “ninguna teoría estética podrá estar completa, y no digamos ser profunda, a menos que tenga una base biológica.” (Zeki, 1999: 234).

Por su parte, otro destacado investigador -Eric Kandel- señala al respecto:

“Más recientemente, hemos asistido a la aparición de la neuroestética, una disciplina que continúa la obra de Ernst Kris y Ernst Gombrich, los primeros que aplicaron estudios psicológicos modernos al arte. La neuroestética combina la biología de la visión y la psicología y las aplica al estudio del arte. El campo de la neuroestética emocional va más allá e intenta combinar la psicología cognitiva y la biología de la percepción, la emoción y la empatía con el estudio del arte.” (Kandel, 2013: 549)

 

Sin embargo, comprobamos, en ambos autores, cómo el campo de la neuroestética queda sujeto a la consideración del Arte: “es muy probable -escribe Kandel al final de su voluminoso trabajo- que el hecho de encontrar nuevas interacciones entre aspectos del arte y de la ciencia de la percepción y la emoción siga iluminando los dos campos y que, con el tiempo, esas interacciones puedan tener efectos acumulativos.” (Kandel, 2013: 548)

 

Pero, dentro de lo que considero una aproximación a un enfoque sistémico, estimo que el problema se sitúa en la relación entre el subsistema biológico y el cultural. Por cierto que el problema es complejo y, en mi caso particular, bastante lejos de mi alcance. Sin embargo nada impide la posibilidad de plantearlo; es más, diría, la necesidad de proponerlo apuntando aún más lejos: a lo que denomino “somatoestética”. Sobre todo partiendo ya desde el motivador título del capítulo 11 del libro de Miguel Banasayag: “El cerebro no piensa, piensa todo el cuerpo.” (Benasayag, 2015: 185). Por lo menos, hacia allí me encamino aunque, reitero, la complejidad del problema me supere. No obstante, las puertas deben ser abiertas, y espero poder dedicarle éste y algún otro pequeño trabajo.

Señalaba en el artículo anterior, publicado en este mismo sitio, que abordar el tema de lo bello dentro de un enfoque neuroestético, nos conduce al subsistema cultural [C]. Porque lo bello debe buscarse a lo largo de la historia y no con un carácter universal válido en todo tiempo y lugar. Lo señalo quizá un poco molesto a partir del propio título del libro de Changeux  Sobre lo verdadero, lo bello y el bien (Changeux, 2010). Como indiqué en aquel otro trabajo, la consideración del tema de lo bello lleva no sólo a considerar el aporte de la cultura, afirmándome en aquel enfoque sistémico, sino más específicamente, además, en nuestra situación cultural americana, una preocupación referida a una cultura “otra” respecto del espacio y que, por lo demás, merece una revisión histórica. Así pretendo esbozarlo en el siguiente apartado.

 

III.- ¿Qué si desde nuestra “América” agregáramos una mirada “descolonizadora” frente no sólo al problema de lo bello, sino al de las artes (subsistema cultural [C]) y de la percepción (subsistema biológico [C])? Una respuesta podría ser un enfoque sistémico planteado como ineludible.

En lo que me concierne, América me llevó a interrogarme acerca de la palabra “decolonisación” (un poco a la moda) o “descolonización”. Maliciosamente cuestioné si no obedecía (decolonización) a la influencia de la tan mentada “déconstruction” de Derrida. De ahí que preferí, sin más, “descolonización”. América y descolonización.

Todo lo que se ha construido en torno de la Estética (que escribo con mayúsculas para que quede claro que así me refiero a la disciplina filosófica) la refiero al subsistema cultural [C]. Queda claro por lo señalado más arriba que el tema de la neuroestética lo refiero al subsistema biológico [B].

Y bien, ¿qué surge de esta compartimentación? En primer lugar que, si bien es una distinción ([B] y [C]), señalé más arriba que ambos subsistemas interactúan. Es tan simple como esto: somos seres humanos; creamos productos culturales. Asimismo estamos en contacto, interactuamos, con estos productos culturales. Una perogrullada. Pero como seres humanos que somos compartimos una constitución semejante, desde el punto de vista biológico; conformamos una misma especie. Una maravillosa constitución. Si alguien no acepta el “ámense los unos a los otros como a ustedes mismos”, por lo menos cabe sea respetuoso de esa maravilla que es cada persona desde el punto de vista de su constitución biológica. Pregunto: ¿no sería obvio ese respeto como para impedirnos colonizar al otro, menospreciar su cultura y, aun, matarlo? ¿No podríamos extender ese respeto biológico a lo cultural del otro? ¿Una utopía?

Así, pues, siguiendo con mi argumentación, un enfoque “neuroestético”, si se quiere, debería valorar cómo estos seres biológicos que somos procesamos las manifestaciones artísticas y, más aún, aquello que podría no ser artístico, ni siquiera bello (o feo), inmersos como estamos en diferentes y respetables culturas, en un universo inconmensurable.

Pero el enfoque sistémico no acaba aquí. Aparecen dos subsistemas ineludibles ya para un enfoque descolonizador: el subsistema económico [E] y el subsistema político [P]. Todos los subsistemas mencionados interrelacionados. ¿Cómo? Aquí está la tarea, tarea si se quiere inter y transdisciplinaria. De lo contrario inabarcable (como suele ser) para un investigador solitario.  

 

IV.- Reitero, entonces, no ya como interrogante, esa necesidad de considerar desde aquí con una mirada descolonizadora no sólo el problema de lo bello, sino de las artes, del cine y de la televisión, de los videojuegos, notablemente, y de los procesos perceptivos y de construcción de juicios. Surgen, pues, para esto los subsistemas económico y político. ¿Cómo olvidarlos si desde la llegada de los colonizadores (y no exclusivamente, por cierto) estuvieron presentes? En términos muy generales, esta cuestión es de tan larga data... Basta informarse leyendo un poco de historia.

El resto quizá sean cuestiones de perogrullo... pero tan vigentes. Veamos. Nuestros cerebros están procesando constantemente información que proviene del exterior, sin olvidar la que ya fue incorporada a lo largo de su vida, desde su concepción hasta el presente. Las relaciones entre los subsistemas económico [E], político [P], cultural [C] son aparentemente obvias; las relaciones entre los nombrados y el subsistema biológico [B] es menos obvia. A cada cual su cerebro es el título del libro de Ansermet y Magistretti. A cada americano (del norte, del centro, del sur) el suyo, diría.  Entonces, ¿cómo vivió su cultura antes, durante la colonización un americano (originario o migrante)? Digo durante porque la vivimos aún hoy, por cierto. ¿No reconocemos, acaso, que tenemos nuestras particularidades? No quiero considerar aquí concepto de diferencia. Tanto insistir con la diferencia la vuelve sospechosa: por aquello de “divide y reinarás”. Porque, si tan diferentes nos quieren hacer creer que somos, ¿no terminará colonizándonos, llevándonos a pensar que nada nos identifica? ¿O que nos identifica la diferencia, que quizá nos divide?

Para ir concluyendo valga esta breve cita de un trabajo de Eliane Fleck, de la Universidad de Rio Grande do Sul (Brasil), quien señala que para Sandra Pasavento (historiadora cultural)

“el gran desafío enfrentado por los historiadores empeñados en rescatar el sistema de representaciones que componen el imaginario social es cómo mensurar lo inmensurable, cómo recuperar las sensibilidades de los hombres del pasado. Para ella, medir lo inmensurable no es apenas un problema de fuente sino, sobre todo, de una concepción epistemológica para la comprensión de la historia.” (Fleck, 2008: 488s).

 

Agregaría, por mi parte, la importancia de las sensibilidades de los hombres del presente.

 

No puedo extenderme más. Sólo señalar la importancia del abordaje del susbsistema biológico [B] aun para plantearnos la descolonización. Es un abordaje relativamente nuevo el que se ha abierto, sea el de la neuroestética o, un poco más ampliamente, el de somatoestética que comienzo a proponer, además de la referencia a los procesos neuronales que nos facilitan hoy la ciencia y la tecnología.

Me valdré, por último, de una cita de Stanislas Dehaene quien, por su parte, cierra su libro con estas reflexiones:

“La riqueza del procesamiento de información provisto por una red evolucionada de dieciséis mil millones de neuronas corticales está más allá de nuestra imaginación actual. Nuestros estados neuronales fluctúan incesantemente, con autonomía parcial, creando un mundo interior de pensamientos personales. [...] Si bien todos compartimos igual inventario general de neuronas que codifican color, forma o movimiento, su organización detallada es resultado de un largo proceso de desarrollo que esculpe cada uno de nuestros cerebros [...] para así crear nuestras personalidades únicas.” (Dehaene, 2015: 322s)

 

Un enfoque sistémico debería plantearse como ineludible.

¿Y el cine, la televisión, los videojuegos, los medios de comunicación en su generalidad? Estimado lector, ponga en actividad sus neuronas.

 

Bibliografía

Ansermet, F.; Magistretti, P., 2006. A cada cual su cerebro. B.A.: Katz Editores.

Benasayag, Miguel, 2015. El cerebro aumentado, el hombre disminuido. B.A.: Paidós.

Biagini, Hugo E.; Roig, Arturo A. (directores) 2008. Diccionario del pensamiento alternativo. B.A.: Biblos.

Bunge, Mario, 1988. El problema mente-cerebro. Un enfoque psicobiológico. Madrid: Tecnos.

Changeux, Jean-Pierre, 2010. Sobre lo verdadero, lo bello y el bien. Un nuevo enfoque neuronal. Buenos Aires: Katz Editores.

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