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Los caminos de Alfredo Alcón

 

Por Hugo Segovia

Motivados por la reciente edición del libro “Los caminos de Alfredo Alcón”, del investigador e historiador Mario Gallina, compartimos un texto del padre Hugo Segovia, miembro honorario de SIGNIS Argentina, gran conocedor del teatro y el cine nacional, además de amigo personal del autor Mario Gallina. En este escrito, Segovia se refiere a Alcón como actor, para resaltar su ética como persona.

 

Alfredo Alcón: arriba y abajo

 

En el verano de 2005 había visto en el teatro Auditórium de Mar del Plata a Alfredo Alcón. La obra era “El gran regreso" y su aparición era recibida con un estruendoso aplauso pero después un silencio casi litúrgico se apoderaba de la sala y se podía medir la dimensión del actor.

Era como verlo en la cima, encarnando, además, a un actor frustrado, todo lo contrario de lo que él era. A su lado, Nicolás Cabré no pasaba a segundo plano, porque la magia de un grande consiste también en compartirla.

Días después fui al teatro Corrientes, también de Mar del Plata, donde Luis Brandoni hacía "Justo en lo mejor de mi vida". Al terminar la función en la mitad de la platea, estaba Alcón en silencio y con los ojos cerrados. Parecía como poseído por lo que acababa de ver, algo así como un contemplativo que trata de entender el misterio de lo que en el escenario - altar había adquirido forma.

Para mí era la ocasión de acercarme para saludarlo, pero antes le pregunté al director de la obra, Julio Baccaro, que amablemente me dijo que no era oportuno porque él seguiría concentrado en su meditación.

Entonces la grandeza de su figura en el Auditorium, casi como la de un sacerdote oficiando los sagrados misterios, dio lugar a la humildad del espectador. El maestro se hacía discípulo como pide el evangelio: "El que quiera ser grande que se haga pequeño”.

El maestro se hacía ministro (magister es "más"; minister es "menos".) Jesús en la última cena, lo mostró: "Yo que soy el maestro les he lavado los pies como un servidor para que ustedes se los laven unos a otros"

 

La muerte del faro.

 

"Cada vez que pienso en un amigo, en el teatro, en la inteligencia, pienso en él”, había dicho días antes de su muerte uno de esos jóvenes actores, Marco Antonio Caponi, quien, junto con los mayores, lloraron su partida. Dato no menor porque ellos se sintieron atrapados por un maestro sin poses doctorales, que hacía todo para todos y, sin alardes, logró la síntesis entre lo nuevo y lo viejo en una sociedad que, con mucha facilidad, desprecia lo nuevo en nombre de la tradición como elimina lo viejo en aras del progreso.

Marta González decía que estos jóvenes hacían las veces de los hijos que no tuvo. Por su parte, Joaquín Furriel cuando fue llamado a acompañarlo en lo que, metafóricamente, iba a ser su última obra, confesaba: "Siento que voy a tocar con Marta Argerich y quiero hacerlo de la mejor manera posible.....estando con él

cobran vida figuras como Milagros de la Vega, Lautaro Murúa, Margarita Xirgu, María Casares. Alfredo te habla de ellos; él tiene mucho conocimiento, pero también mucha sorpresa y frescura". Lo definía, el día de su muerte, como el faro de los actores y, sin duda, no solo de ellos.

Aunque todos los medios lo han hecho, no es posible omitir algunos nombres de autores que adquirieron nueva vida en sesenta años: Arthur Miller, Eugene O'Neill, Henrik Ibsen, Tennessee Wiliams, Luigi Pirandello, John 0sborne, Samuel Beckett, sin olvidar nada menos que a Shakespeare y a un García Lorca cuyos "caminos" recorrió como ninguno.

 

Bello, enorme, eterno.

 

Así lo definió Luciano Cáceres. Sin duda que su apostura podía haber sido un obstáculo en su carrera (nadie olvida que Samuel Éichelbaum no concebía al "guapo del 900" sino en la piel de Petrone) pero, unida a su genio, lo convirtió en el prototipo de los actores del cine argentino.

Considero su trabajo en "Nazareno Cruz y el lobo” el ápice de sus interpretaciones (¿cómo olvidar la ternura con la cual anunció la muerte de Favio?) aunque también me acuerdo mucho de "¿Qué es el otoño?" de David Kohon, intensa parábola en pleno tiempo del Proceso, como evoco el desenfado y el sentido del humor de "Cohen versus Rossi", propios de un aristócrata de la interpretación. Sobre su trabajo en radio recuerdo lo que el hijo de Violeta Antier, su compañera de rubro radio teatral contaba: "Decidí ser actor el día que lo vi sobre el escenario; aprendí a ser actor del hombre que había aprendido de mi madre. Lo fui a ver, le dije que era el hijo de Violeta, se puso a llorar y me invitó a ver "Historia del zoo". Tenía diecisiete años y estaba por empezar medicina“.

En el documental de Tristán Bauer sobre San Juan de la Cruz (lo había utilizado para su "Cortázar"), su voz, “la única capaz de ser la del santo", según el mismo Bauer, aparece en su plenitud. Es la del que estaba sentado en silencio en la sala del Corrientes.

Solo para decir algo sobre su postura cívica en defensa de les derechos humanos, en los últimos años de la década del 70 se decía que Alcón no aceptó compartir la tapa deuna revista con los personajes del año en la cual estaban representantes del poder.

Milagros de la Vega (lo llamaba "su hijo") decía que “si pudiera hacer de nuevo una obra, la haría mejor. Lo decía con alegría, como si tuviera quince años".

Ese recuerdo suyo me da pie para terminar estos apuntes: creo que Alcón no podría hacer mejor todo lo que hizo como artista y como persona porque, además, lo que queda por hacer está en manos de los jóvenes y él, como dijo Adrián Suar, “era el más joven de todos".

 

Presbítero Hugo Walter Segovia