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Estética y neuroestética

Nicolas Luis Fabiani, miembro de Signis Argentina aporta una reflexión del campo de la Neurociencia y su relación con el arte

 

Estética y neuroestética

Mag. Nicolás Luis Fabiani

SIGNIS

 

A partir de Kant, los filósofos y pensadores hicieron de la estética un tema ineludible de sus reflexiones filosóficas; los más sistemáticos fueron quienes se creyeron en la necesidad de incluirla precisamente en su sistema para que éste fuera completo. Propongo a la reflexión no resultados, sino interrogantes sobre cuestiones aparentemente obvias, pero que intentan una revisión de conocimientos para, quizá, en un futuro lejano encontrar alguna respuesta. Trataré de sintetizar estas cuestiones.

 

1.-Estética y Filosofía

 

En primer lugar, a los fines que propongo, están los trabajos Kant y Hegel. Este último, en sus Lecciones de estética, había planteado que entendía esta incipiente disciplina como una filosofía del arte[1]. De ahí derivarían las estéticas de cada una de las artes, filosofías de cada una de ellas. De todos modos no habría acuerdo en que estética y filosofía del arte fueran la misma cosa. A diferencia de la estética que es la teoría de lo bello, o de la belleza, tanto natural como artificial -se lee en el Diccionario Herder de Filosofía-, la filosofía del arte se ocupa más bien de las denominadas bellas artes Distinción que muchos mantienen.

Ahora bien, Hans Robert Jauss, en 1972, planteaba: Una historia de la experiencia estética, que aún no se ha escrito, debería descubrir la praxis productiva, receptiva y comunicativa del comportamiento estético en una tradición que, en buena medida, ha sido encubierta o ignorada. (Jauss, 2002: 45s). Destaco fundamentalmente esas tres instancias que señala el autor en tanto praxis: la productiva, la receptiva y la comunicativa. Esto nos conduce directamente a la pregunta acerca de cómo es esa experiencia estética. Diría más, sin alejarme demasiado del propósito de este trabajo, de cómo ha sido esa experiencia. Para atender a esto me voy a desmarcar del camino que nos propone una filosofía del arte, y aun de la estética entendida por Hospers como una rama de la filosofía, de su caracterización como la teoría de lo bello, o de la belleza.

Lo dicho no significa desechar el punto de vista filosófico. Pero sí recordar que, ya en los 90, Nelson Goodman proponía: Si todos los intentos de contestar la pregunta ¿qué es el arte? acaban típicamente en frustración y en confusiones, tal vez -y como tantas veces acontece en filosofía- haya que plantear que la pregunta no es la adecuada. (Goodman, 1999: 87). Al mismo tiempo proponía cambiar aquella pregunta por esta otra: ¿cuándo hay arte?. Mal que le pese a Goodman dudo que dejemos de preguntarnos qué es arte. Tampoco dejaríamos de preguntarnos qué es la Estética. Es más, caben muchas otras preguntas; suelo llamarlas las preguntas de las vecinas, dicho con todo respeto, porque, por otra parte, son las que usamos en toda investigación. Preguntas menos ontológicas, aunque quizá más productivas. Pero no tengo espacio para extenderme en estos temas. Vayamos al centro de la cuestión.

 

2.-Neuroestética

 

Hace ya tiempo vengo insistiendo en la recuperación de aquel significado del concepto aisthesis que Baumgarten había propuesto en su tesis doctoral - poco antes de Kant y de Hegel- para remitirse a esa forma de conocimiento inferior que designaba con esta palabra. Esto en razón de atender a las sensaciones y a los procesos de percepción que tienen lugar en nuestros cerebros. La pregunta es, hoy, ¿qué nos cabe esperar -a partir de nuevos enfoques- del subsistema biológico y, más específicamente, de la neuroestética? La respuesta sería: el futuro, aun cuando, como espero puntualizar, no exclusivamente de la neuroestética. Futuro para las distintas disciplinas artísticas, aunque aquí no dejaría de lado a la misma naturaleza. Cabe, pues, un doble punto de vista: el de la neuroestética y el de su aplicación para abordar las diversas artes y la naturaleza.

 

2.1.- Nuevos enfoques

Como proponía antes, es necesario desmarcarse, en parte, de los enfoques tradicionales de la estética. Más aún: es necesario soslayar el uso que habitualmente damos al sustantivo (la estética) y al adjetivo. Evitemos, pues, mentar la estética de tal o cual autor; o de que algo es estético o antiestético. Debo aclarar que esto ya lo había adelantado también en otros trabajos al sustituir ese punto de vista por el de poéticas (Fabiani, 1998; Fabiani, 2003).

Ahora bien, el encuentro con la obra de Jean-Pierre Changeux -Sobre lo verdadero, lo bello y el bien. Un nuevo enfoque neuronal- me ofreció la posibilidad de seguir adelante con la perspectiva biológica. En el texto de Changeux, en el que ya específicamente hace alusión a la neurostética, se lee:

El término neuroestética es reciente. Data oficialmente del primer congreso sobre el tema que se realizó en San Francisco en 2002. Se trataba de consagrar un procedimiento muchos más antiguo (Changeux, 1987, Luria, 1967) que apuntaba a interrogarse sobre las bases neurales de la contemplación de la obra de arte y su creación y, de ser posible, de emprender su estudio científico. (Changeux, 2010: 85)

 

Se trata nada menos que de las bases neurales de la contemplación de la obra de arte y su creación. ¿Qué sabemos al respecto? No mucho, en verdad. Por eso señalaba que aquello que nos cabe esperar es el futuro.

Antes de abandonar estas consideraciones sobre ese autor, un breve comentario acerca del título de su obra: Sobre lo verdadero, lo bello y el bien. Es curioso que Changeux retome, al final del libro y desde el nuevo enfoque neuronal, esas tres cuestiones fundamentales de Platón (Changeux, 2010: 405). Centrándonos sólo en lo bello, luego de un recorrido que arranca con los griegos, el autor señala que parece difícil una definición de lo bello que esté exenta de excepciones. Y agrega: Quizá basten con retener algunos rasgos significativos sin aspirar a una definición única y demasiado restrictiva. No obstante, la empresa en curso de una naturalización de la contemplación debería aportar una clarificación de las ideas. (Changeux, 2010: 93). Esto apunta a lo nuevo. La base griega apunta a un conocimiento de la historia de esos conceptos por fuera [...] de todo contexto esencialista (Changeux, 2010: 400), y a un planteo humanista, en última instancia, que propenda a un mejor conocimiento del hombre y de la humanidad (Changeux, 2010: 406), dado el interés de este autor por las relaciones entre las neurociencias y las ciencias humanas El tema de lo Bello -sostiene- agrupa las actividades estéticas bajo la forma de una comunicación subjetiva que implica las emociones, en armonía con la razón, y refuerza el lazo social, sin progreso, pero en constante renovación. (Changeux, 2010: 404)

En fin, abordar el tema de lo bello creo que nos lleva ineludiblemente a considerar el aporte de la cultura como componente ineludible de ese futuro al que hacía referencia. Algo que en trabajos anteriores destaqué como [B], lo biológico y [C], lo cultural, ambos considerados, para un enfoque sistémico, en tanto conceptos relacionados (o relacionables, sin duda).

 

2.2.- La mímesis

En dos autores centraré ahora mi atención: Marco Iacoboni, más precisamente en su libro sobre las neuronas espejo (descubiertas en la década del 90), y Eric R. Kandel, en primer lugar con su libro estrictamente dedicado a la biología y, en segundo, el más actual, publicado en inglés en 2012 y recientemente traducido al español (febrero del 2013), La era del inconsciente. La exploración del inconsciente en el arte, la mente y el cerebro. Por razones de espacio sólo me ocuparé del de Iacoboni.

Es bueno saber que, de los aproximadamente 100 mil millones de neuronas, sólo deberíamos ocuparnos de las que tienen que ver con las percepciones y procesos neurales en relación con lo visual y lo auditivo, respecto de las artes. Sabemos que fueron de las más estudiadas. Pero, desde hace no mucho, juzgamos que podríamos referirnos a esas neuronas espejo y en relación con algunas de las artes. No lo consideran los autores mencionados, pero es el camino por el que, estimo, cabe aventurarse.

Y bien, aquí cabe recordar al viejo Aristóteles y su Poética. Más específicamente su concepto de mímesis. Ya señalaba el filósofo que imitar es connatural para los hombres desde la infancia [...], obtiene los primeros conocimientos por imitación [...] y [...] todos gozan con la imitación. (Aristóteles, 1959: 42). Afirmaciones que, obviamente, sustentaba sin tener conocimiento de la existencia de las neuronas espejo. Pero basta tener presente la permanencia del concepto de mímesis, a lo largo de la historia de las artes, para darnos cuenta del valor de su observación. Cabría recordar, para lo específicamente teatral -y aun cinematográfico-, que en el caso de la tragedia subrayaba: imitación que se efectúa por medio de personajes en acción (Aristóteles, 1959: 49).

Suficiente ya para el archiconocido Aristóteles. Ahora bien, mucho se acrecentaría nuestro conocimiento explorando este nuevo campo de conocimiento que comprende a las neuronas espejo y que tanto tiene que ver con las emociones. Perdón: cómo no recordar, entonces, la catarsis aristotélica Y bien, alguien podrá pensar que esto es viejo como el universo y que en las artes -el teatro en particular y el cine-, los artistas ya tomaron en cuenta estas cuestiones. Pero no se trata, por lo ya sabido, de desestimar los nuevos aportes de la ciencia. El conocimiento científico es parte de nuestra cultura y sería tonto desecharlo pretendiendo de sabelotodos. En cuanto a lo que me concierne, desde los márgenes, sólo puedo aportar lecturas de resultados y algunas reflexiones. Aquí sólo me quedará espacio para unas pocas; el resto lo proporciono como bibliografía.

Respecto de las neuronas espejo y su relación con la mímesis teatral y cinematográfica estimo muy interesantes los aportes del libro de Marco Iacoboni (Iacoboni, 2011) para -dejando de lado la importancia de la percepción visual y auditiva en sí mismas- comentar brevemente la especificidad de este tema en relación con dichas artes. El autor señala el caso de un famoso actor israelí quien destacaba que los neurocientíficos deberían haberle preguntado a los actores, quienes habrían presentido ?que debe haber algo como estas células en el cerebro?. (Iacoboni, 2011: 250).

No puedo sino destacar brevemente algunas propuestas de este autor y recomendar su lectura, en el poco espacio que me resta. Y en orden a lo considerado, la siguiente afirmación: Nuestra tendencia a imitar parece estar intensamente presente al nacer y nunca declinar. (Iacoboni, 2011: 53) Connatural pensaba Arisóteles.

¿Por qué ocuparse de las neuronas espejo antes que de otros temas para los que la neuroestética aporta líneas de interés Me refiero a oposiciones del tipo belleza/fealdad; consonancia/disonancia; equilibrio/desequilibrio; simetría/asimetría; o placer/displacer estético, por ejemplo. Sin pretender desentenderme de estos temas me interesó más, en esta ocasión, introducir el tema de las neuronas espejo en relación con el teatro y el cine teniendo en cuenta la importancia que adquiere lo gestual en estas disciplinas artísticas, su relación con la mímesis, las consecuencias respecto de la percepción, el aprendizaje y la actuación.

 

3.- El cine

En cuanto al campo específicamente cinematográfico, y partiendo de aquellas bases neurales intentaría algunas precisiones. De orden sistémico, si se prefiere. Trataré de explicarme. Que un filme sea un hecho complejo parece una perogrullada. Que por complejo necesita de un abordaje sistémico, es un poco menos evidente. Si lo abordáramos desde este punto de vista deberíamos determinar cuáles son los componentes de un filme. ¿Hace falta enumerarlos? Por las dudas, he aquí algunos: el director, los actores, el guión, las imágenes, la música (el sonido en general), el montaje, etc. etc. Es bien sabido. También desde el punto de vista sistémico arriesgaría que, de la relación estructural de cada uno de estos componentes, la película surge como un emergente y, como tal, el todo es más que cada una de las partes (o que la suma de las partes). Ahora bien, aquí tenemos que dar paso a las bases neurales, y en el caso que corresponda. Como suele decirse, vemos, oímos (y algo más) con nuestro cerebro. Y no podemos seguir ignorando qué pasa allí dentro y en cada uno.

Aún hoy surgen preguntas más que respuestas. Ante algunos de los componentes, nos damos cuenta de que, específicamente, todo está por conocer. No pretendo aquí abordar ni el filme o el guión, ni el director, ni los actores... ni las neuronas de todos ellos. Pero veamos: ¿A cuál de los componentes señalados hace referencia habitualmente una crítica cinematográfica ¿Cómo y con qué extensión lo hace en cada caso? ¿Que pasó, neurofisiológicamente hablando, por la cabeza de cada uno de los que intervinieron en el filme y de nosotros? No lo sé; pero quiero saberlo.

Sabemos (o deberíamos), además, que en una sala cinematográfica no sólo vemos y escuchamos. Por eso me importa también la sala, la experiencia que me propone. A partir de muchas experiencias como espectador quiero que, desde el acceso, ese espacio me estimule. De ahí en más, cada uno de los componentes será un interrogante que se abre: cómo vemos, oímos, cómo tenemos percepciones olfativas, táctiles Diría además: ya ni siquiera se trata solamente de la aisthesis, sino de los procesos perceptivos, las emociones y la conciencia. Alguno podrá objetar que eso no responde al campo específico de sus conocimientos. O que sus conocimientos son insuficientes para abarcar semejante complejidad. O que como creador ni piensa en esas cosas. Pero como investigadores, no podemos desentendernos. Insisto, la ciencia nos plantea interrogantes ineludibles. Las respuestas quizá las encontremos en lo que expresa Diego Golombek, Es cuestión de ir buscando imposibles por el camino. (Golombek, 2011: 197)

A modo de conclusión quiero destacar que el campo experimental no es de mi competencia. No he podido menos que reconocer que sí importa el sustento científico que podamos acordar a estos estudios frente a cualquier conocimiento meramente especulativo. Todo lo dicho significa querer interrogarnos, saber más acerca de estos procesos, cambiar de puntos de vista, proponer hipótesis, corroborarlas o falsarlas. Es verdad que parece excesivo como propuesta, y para una sola persona. Pero esto no debe impedirnos emprender caminos nuevos, preferentemente interdisciplinarios (o también, si se quiere, transdisciplinarios), si nuestros conocimientos son insuficientes.

 

 

Bibliografía

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[1] ?No obstante, la expresión apropiada para nuestra ciencia es ?filosofía del arte?, y, más determinadamente, ?filosofía del arte bello?.? (Hegel, 1989: 7)