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Medios para una cultura de paz Reflexión y propuestas de acción

 Contribucion para para que los medios audiovisuales ,en tanto tales,puedan promover hoy una cultura de paz
por: SIGNIS
 
MEDIOS 
PARA UNA 
CULTURA DE PAZ
Grupo de reflexión ecumenica SIGNIS


INTRODUCCION


1. La paz en este comienzo del siglo XXI no tiene nada de realidad lograda. Desde luego, la paz ya no está amenazada por el enfrentamiento de dos grandes bloques, pero conoce sin embargo de múltiple atentados: actualmente pueden con¬tarse más de cuarenta conflictos armados sobre nuestro planeta.
'Paz imposible, guerra improbable': tai era la situación de la guerra fría (R. Aron). Hoy es: 'Paz menos imposible, guerra menos improbable' (P. Hassner). O bien: 'Paz menos imposible, guerras menos improbables'.
Son palabras como éstas las que le quitan a la paz su carácter ilusorio.
2. La paz no es, ni en primer lugar, ni únicamente, lo opuesto de la guerra.
No es la ausencia de conflictos. Estos son inevitables por el simple hecho de que vivimos juntos.
La paz es un objetivo: el "shalom" bíblico es plenitud y verdad de vida. No hay vida humana oue alcance su plenitud fuera de una relación con los otros: relación ver-dades justa, ílbre y solidaria. La paz es, pues, la calidad de vida de una humani¬dad que vende hacia una comunidad solidaria universal.
Medios para una cultura de oaz
INTRODUCCIÓN
La paz es entonces, en consecuencia, una disposición de espíritu de cada ser humano, ae cada pueblo, cuando se trata de resolver los conflictos en el espíritu de una huma'* dad solidaria, donde se respetan los unos a los otros, en lugar de con-siderar que la mejor solución de los conflictos radica en el "cada quien para SÍ" y el empleo de la fuerza.
Medios para una cultura de paz
3. Ahora bien, el instinto de violencia presente en cada uno de nosotros, nos impul-sa a resolver los conflictos por la fuerza. Este instinto existe también colectivamen¬te en los pueblos, prontos a hacer la guerra. Hacer perder a los humanos el senti¬do de la humanidad del otro es relativamente fácil; se ha visto en nuestra época: hombres, mujeres y hasta niños a quienes nada predisponía pueden llegar a matar, a destruir, porque se les incita a hacerlo. Poblaciones enteras pasan, de la noche a la mañana, de la buena vecindad a la violencia ciega. La especie humana llega hasta a matar sin otro motivo que el gusto de la sangre. No habrá construcción de la paz sin conciencia de estos abismos en los que la humanidad está en continuo riesgo de zozobrar.
4. Es imposible resignarse a una situación así.
Los seres humanos aspiran a la paz y es en ella, y no en la violencia, que encuen-tran su dignidad humana. Toda denegación de humanidad con respecto al otro hiere en primer lugar la dignidad humana de quien la comete.
Tienen también que empezar a realizar la paz. En todas las épocas se han levan-tado por doquiera los seres de paz: ¡cuántas iniciativas de todo orden en favor de la paz, desde las más modestas hasta las más ambiciosas! Hoy, allí mismo donde reina la guerra, mujeres y hombres a quienes todo debería enfrentar se encuentran, se hablan, comparten sus sufrimientos y sus esperanzas. Numerosos movimientos florecen por el mundo con esta voluntad de construir la paz en la justicia.
5. Entre los creyentes y en las Iglesias también, son muchos los que se dedican a la paz. Para ellos, comprometerse desde ahora por la paz hace surgir esperanzas. La paz es de la naturaleza de la promesa. Forma parte del fin al cual estamos des-tinados, en un más allá que no alcanzamos a captar. Los cristianos reciben la paz como una semilla. La cosecha no es para este mundo. Es, y sobre todo será, un don de Dios. Sin embargo, desde ahora hemos recibido su germen: somos capa-ces de empezar a realizarla.
Hay en cada ser humano, en cada pueblo, un gusto por la paz que trata de des¬pertarse y desarrollarse. Es la mirada que el Evangelio nos invita a dirigir a la huma¬nidad:
"¡Dichosos los que trabajan por la paz; ellos serán llamados hijos de Dios!". Creados a imagen de Dios, somos aptos para trabajar por ta paz.
6. En nuestra sociedad, devenida totalmente mediática -en adelante "sociedad de la Información y de la comunicación"- la cuestión de la paz pasa necesariamen¬te por los medios.
Sin embargo, se comprueba que los medios han sido a menudo promotores de vio-lencia más bien que factores de paz. Cabría preguntarse si, en razón de su funcionamiento mismo o sus condicionamientos, no se prestan mejor a servir a una cul­tura de violencia que a una cultura de paz.

7.   En realidad, el valor y la calidad humana última de los medios, es ser medios de comunicación en el seno de la sociedad: mediadores capaces de ponernos en rela­ción humana y solidaria a los unos con los otros. Es contribuir a la unidad en la diversidad entre ios seres humanos.

8.  Estas capacidades de los medios son para ellos una responsabilidad.

En un mundo globalizado como es el nuestro, en las sociedades pluralistas donde las culturas se amasan y se confrontan a diario, no será posible vivir junios más que comprendiéndonos los unos a los otros, aceptándonos con nuestras diferencias, dialogando. Ahora bien, son los medios los que dan a cada grupo social su reco­nocimiento y su lugar en la vida social. Su influencia es decisiva sobre las mentali­dades y los comportamientos, así como sobre la imagen que tenemos los unos de los otros. Deben estar pues, necesariamente, en el corazón de todo proceso a favor de la paz.

9.  Es por esto que, como profesionales de los medios, pero también como hombres y como cristianos, la Asociación Católica Mundial para la Comunicación (SIGNIS) ha decidido movilizarse y comprometerse en una acción prioritaria:

Desarrollar la contribución que los medios audiovisuales, corno tales, pueden aportar hoy a una cultura de la paz.

Nos hemos asociado para ello con dos movimientos católicos: Justicia y Paz y Pax Christi.

Queremos

      Asociarnos a las acciones y reflexiones ya emprendidas en este campo1.

      Incitar al conjunto de los profesionales de los medios audiovisuales a movili­zarse alrededor de este objetivo.

      Aportar nuestra contribución específica, como medios cristianos, con nues­tros propios recursos, a estos procesos de paz.

      Sensibilizar al público y a los ciudadanos sobre esta capacidad y responsa­bilidad de los medios en relación con la paz.

I
LOS MEDIOS EN LOS CONFLICTOS

1. los medios en una sociedad de violencia
Los medios están en estrecha conexión con la vida de la sociedad: reflejan y refuer­zan a la vez las situaciones conflictivas de ésta.

1.1. En las situaciones de guerra, los gobiernos procuran instrumentalizar inme­diatamente los medios.

Se someten a censura: cada campo presenta sólo las imágenes que refuerzan su propia posición. Se utilizan como medios de propaganda. Se vuelven así una parte del arsenal de la guerra. El poder político trata de crear por su intermedio en el público una adhesión a los fines que persigue y desestabilizar al adversario, tanto entre las poblaciones directamente implicadas como en la opinión pública mundial. Los periodistas son invitados a "integrarse" en las unidades de combate de mane­ra que adopten, conscientemente o no, el punto de vista de aquellos a quienes acompañan.

Pero este carácter unilateral de las informaciones no es sólo un asunto de los gobiernos o de los medios; es también consecuencia de fuertes expectativas en el seno de la opinión pública. Ésta busca en los medios la confirmación de las opinio­nes que tiene a priori respecto a la guerra, así que es muy difícil para un medio brin­dar informaciones o mostrar imágenes que van en un sentido opuesto a la opinión mayoritaria de su público.

Sin embargo, los medios son también capaces de cuidar su independencia.

Se les ha visto denunciar las mentiras o las manipulaciones de los gobiernos, resis­tir a la censura, rechazar la propaganda. Muchos periodistas están conscientes de su responsabilidad de informar sin tomar partido. Ellos mismos saben que las imá­genes o las informaciones que les son suministradas por las fuerzas armadas están sesgadas: a menudo las presentan subrayando que deben recibirse tomando dis­tancia crítica. Muchos rechazan comportarse como "corresponsales de guerra", encargados de exaltar la acción de las fuerzas armadas de su campo, esconder sus debilidades o disimular sus acciones contrarias a las convenciones internacionales. La opinión pública también sabe mejor a qué atenerse en lo sucesivo. Cuando la última guerra en Irak, se constató en algunos países un aumento considerable de las tiradas de la prensa escrita; los medios audiovisuales, por su parte, recurrieron a numerosos expertos como comentaristas. La opinión pública, debidamente adver­tida luego de la primera Guerra del Golfo, tenía la expectativa de que en esta oca­sión los medios iban a realizar una cobertura de los hechos más independiente y reflexiva.


Aquí,
"cultura de paz" para los medios significará pues, en primer lugar, mantener una mirada humana de unos sobre otros y transmitirla. Hablar, por tanto, de las víctimas, de cualquier lado que sean: la vida humana tiene el mismo valor en todas partes. Eso significa estar también atento a otro tipo de víctima: los valores que defendemos. La verdad es la primera víctima de las guerras y los conflictos. Y tam­bién la voluntad de comprensión y de respeto entre las culturas, los pueblos y las personas.

1.2. Las dificultades que encuentran los medios son del mismo orden en ¡as situa­ciones de conflicto interétnico, intercultural e interreligioso, como se ha podi­do ver en los Balcanes o en la región de los Grandes Lagos en África Oriental. Pero hay aquí una dificultad adicional: los medios tienen que situarse en relación con las demandas de tipo identitario de su público.

Cuanto más abiertas y pluralistas sean nuestras sociedades, más se plantea con fuerza la cuestión de la identidad. En el mundo actual dos tendencias antagónicas, uniformación y afirmación identitaria, se refuerzan peligrosamente entre sí: 'Asistimos al nivel político y cultural a un proceso de segmentación que va en sen­tido contrario a la integración económica. Cuando se constituyen nuevos estados- naciones por ei mundo, se observa simultáneamente, a nivel infra-estatal, una revi­vificación real o regenerada de los sentimientos tribales o étnicos' (Le Monde 28/4/2001). Es muy frecuentemente la uniformación, con el sentimiento de que la universalización amenaza las identidades particulares, lo que arrastra, por una reacción legítima de instinto de conservación, hacia afirmaciones de tipo identitario. Se asiste así al redescubrimiento de la noción de territorio en oposición a una socie­dad en la que se multiplican los desplazamientos.

En el seno de las religiones se comprueba igualmente una reinvindicación crecien­te para que sus convicciones sean respetadas y que sus costumbres particulares sean tomadas en cuenta por la sociedad.

Los propios medios confrontan este problema. En efecto, el público les pide cumplir una función de identificación para una "nación" (en el sentido cultural, si no polí­tico, del término). Se asiste así a una demanda creciente de emisiones de tipo local o nacional de parte del público, en detrimento de emisiones de origen extranjero. Esta función de identificación por el promedio de los medios es demandada igual­mente por los grupos que asumen una identidad particular (cultural, religiosa, ideo­lógica e incluso sexual). Pero estos grupos minoritarios quedan a menudo aparta­dos de los principales medios, que reflejan la lengua, la cultura o la religión mayo- ritaria. Se constituyen entonces sus propios medios, cuando pueden, o se vuelven hacia los medios de sus países o de su cultura de origen (como ocurre muy a menu­do con los inmigrantes).

También se ven desarrollarse estas tendencias identitarias o incluso xenófobas, en ciertos medios. Es el caso especialmente en ciertas televisoras o radios religiosas. Es también el caso en la prensa escrita. Recientemente, un seminario profesional reunía a medios que representaban a minorías en diversos países de Europa cen­tral: se percibía que lo único que tenían en común estos medios era que nunca daban la palabra a los "otros" -y un periodista de ia ex-Yugoslavia anotaba: "¡Pero ustedes están preparando la guerra!"2.

Muchos responsables de medios se preguntan entonces cómo responder a ia legí­tima necesidad del público de tener emisiones o cadenas donde pueda sentirse "en su casa". Por una parte se trata de su legitimidad y su credibilidad ante su público, que quiere ver su identidad expresada en los medios, tanto que es cierto que no se existe hoy socialmente sin ser visible en la T.V. Pero ¿cómo evitar hacer el juego a las tendencias nacionalistas o regionalistas, identitarias o integristas, incluso fran­camente xenófobas? Eso no se da por sí mismo, y los medios sienten a menudo la tentación de exacerbar las diferencias identitarias.

Sin embargo muchos ejemplos demuestran que los medios pueden contribuir ver­daderamente, incluso en una situación de tensión interétnica o interreligiosa, a un diálogo entre las partes en conflicto. Así, un grupo de periodistas yugoslavos de diferentes orígenes decidió, durante los conflictos que siguieron al estallido de este país, hacer aparee?." regularmente artículos que presentaban a unos ios puntos de vista de los otros, y tuvieron éxito.

Ésta es la razón por la cual dar la palabra al "otro" se convierte en algo esen­cial para una "cultura de paz".

Cuando hay un riesgo potencial o actual de conflicto interétnico, al igual que duran­te y después del conflicto, esta actitud reviste un fuerte alcance simbólico: significa que reconozco al "otro" verdaderamente como un ser humano. Es io mismo con las diferencias religiosas: en lugar de hablar respecto a las otras ?religiones de modo más o menos aproximado, incluso caricaturesca -corno ocurre demasiado a menudo3- sería normal invitar a los representantes de estas religio­nes a presentarse ellos mismos. Eso no suprime la necesidad de un comentario, pues para comprender e! otro necesitamos a menudo un mediador, pero allí tam­bién dar la palabra al otro es el comienzo del diálogo.

1.3. Ante las situaciones de violencia y de injusticia estructural, la tendencia natural de quienes viven bien es relativizar, e incluso escamotear estas situaciones. Cuanto más lejos están las personas afectadas por estas situaciones, menos conciencia se tiene de ello. Sin embargo, la brecha entre el Norte y el Sur es siempre profunda, a pesar de todos los esfuerzos emprendidos durante el "decenio del desarrollo". Hay siempre millones de seres humanos que pasan hambre. En cuanto a las grandes epidemias de hoy (paludismo, tuberculosis, sida), son "uno de los síntomas de la violencia estructural (...) Causan millones de muertes prematuras cada año"4. Los niños, por ejemplo los huérfanos del SIDA, son sus primeras víctimas. Los medios son parte interesada en esta situación. Los grandes grupos mediáticos y las principales agencias de prensa pertenecen a los países ricos. Son ellos quie­nes configuran la opinión mundial. Puede hablarse en la mayoría de los casos de un verdadero "neo-colonialismo" a causa de este sesgo: las informaciones y las imágenes se difunden mundialmente tal y como son "vistas" por el "Norte" en direc­ción al "Sur", sin dar espacio al modo en que estos últimos puedan considerar los acontecimientos mundiales. Expresiones culturales, incluso religiosas, se emiten hacia estas regiones sin tener en cuenta la cultura de sus pueblos, que no pueden hacer otra cosa que sufrir este raudal. La sociedad de la información se desarrolla desde luego a gran velocidad, pero esencialmente sólo entre aquellos que disfrutan de los medios técnicos, financieros y humanos, repartidos todavía muy desigual­mente.

Existe sin embargo, por ejemplo, un cine africano, que ha ganado ya sus creden­ciales. Pero ¿qué espacio tiene en los circuitos mundiales de difusión? Existen radios en los países del Tercer Mundo, a menudo de gran calidad profesional a pesar de su escasez de medios, pero ¿quién recibe sus informaciones? Sin la acción decidida de la mayoría de los "militantes", entre los que hay muchos cristia­nos, numerosos países quedarían apartados de la sociedad de la información y de las imágenes, que es la nuestra.

1.4. Ante el terrorismo, muchos países tienden a limitar el conjunto de los derechos y libertades fundamentales, en particular en el campo de la libertad de información y de comunicación. Pero disminuir las libertades con motivo del terrorismo es dejar ya al terrorismo ganar una batalla. No podemos transigir sobre nuestros valores, so pena de perder una parte de nuestra alma. Es en nombre de principios éticos que luchamos contra el terrorismo: derogar estos principios es servir a la inhumanidad que combatimos.

Es necesario, sin embargo, saber algo más: sin los medios, el terrorismo perde­ría su arma principal. Sin los medios, los terroristas no alcanzarían su fin principal, que es dar a conocer su causa a los ojos de la opinión pública mundial. No podrían crear tampoco el miedo.

Es evidente que los medios no pueden sino dar cuenta de acontecimientos como los atentados terroristas. En primer lugar porque es indispensable que la opinión pública esté correctamente informada. Luego, porque puede haber casos de injus­ticia donde el empleo de la fuerza aparece, con razón o sin ella, como el único medio que queda para hacer valer derechos legítimos. Bajo el término genérico de terrorismo pueden esconderse realidades muy diferentes: en ciertos casos, aque­llos que ayer se designaban con el término "terroristas" se consideran hoy "héroes de la liberación" de un pueblo oprimido. Los medios tienen que revelar a la opinión pública estas situaciones donde se han estado violando los derechos de las perso­nas durante demasiado tiempo.
Sin embargo los medios deben estar atentos al modo con que dan cuenta de estas situaciones y de estos actos. En el modo, por ejemplo, con que los medios trataron los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, las Imágenes repetitivas presentadas sin cesar a lo largo de varios días han multiplicado de hecho la violen­cia de los atentados; los medios han hecho así el juego a los terroristas. Los medios, sobre todo audiovisuales, han desarrollado sin contención el lado emocio­nal del acontecimiento. Se han dejado llevar por el espectáculo de la violencia, lo han reforzado incluso. Han banalizado la muerte de las víctimas. Han tratado poco de analizar, de poner en perspectiva. Poco a poco, sin embargo, los medios se han interrogado más sobre las razones y las causas de los actos terroristas. En eso radi­caba el primer paso para situarse en la perspectiva de una "cultura de paz".

1.5. Los medios tienen pues que estar conscientes del efecto multiplicador que tienen sobre la opinión pública, tanto para lo mejor como para lo peor. Inevitablemente, el simple hecho de dar cuenta de hechos de violencia, y más aún mostrarlas, puede engendrar una renovación de esta misma violencia. En un caso reciente en Kosovo, el modo en que ciertos medios reportaron unas manifestacio­nes ha provocado violencias mucho más graves. Los tribunales, al condenarlos por eso, les han impuesto una multa cuyo monto se ha dedicado a formar a los perio­distas sobre el modo de dar cuenta de los tales acontecimientos violentos sin pro­vocar de nuevo la violencia.

Hay pues allí un desafío central para los medios: ¿cómo informar sobre los con­flictos sin contribuir a desarrollar la cultura de violencia, sino al contrario, fomentando una "cultura de paz"? Esto supone en primer lugar una conciencia en los medios y los profesionales en relación con el poder considerable de que dis­ponen sobre su público. Es verdad para la prensa escrita y la radio; es mucho más cierto aún para los medios de la imagen. Pero lo que es determinante es la mirada que se dirige a los adversarios: estos adversarios ¿son sencillamente unas bestias maléficas a eliminar o son más bien seres humanos cuyos derechos deben ser res­petados en toda circunstancia?


2. 
LOS MEDIOS : UNA OPERACION QUE PROMUEVE
UNA CULTURA DE LA VIOLENCIA

Los medios, por su funcionamiento mismo, tienden a provocar a menudo la violen­cia más que la paz.

2.1. La presión económica

Es necesario vender.

Los accionistas de los medios, que han invertido en ellos en busca de ganancias, quieren cada año sus dividendos; si no, pondrán sus capitales en otra parte. Los medios se han transformado en "empresas" sometidas a la ley del mercado. Su funcionamiento está calcado del de cualquier empresa con fines lucrativos. Las cifras de tirada para la prensa escrita, el "Audimat" para los medios audiovisuales, se han convertido en el único criterio de apreciación, en detrimento tanto de la cali­dad como de la utilidad social.

Entonces, para vender, los medios investigan sobre lo que atrae al público: el título que "engancha", aunque sea escandaloso, la noticia espectacular, la serie televisi­va fácil. Los medios tienden a presentar únicamente las "malas noticias" como si las buenas no fuesen verdaderamente dignas de publicarse5 -y las noticias relativas a la paz son en general menos espectaculares que las referentes a los conflictos. Se objetará que no es culpa de los medios que la psicología humana sienta atrac­ción por las desgracias: "La gente feliz no tiene historia" -sin embargo, los medios viven de las historias que cuentan. Es una realidad que los conflictos atizan la curio­sidad y fascinan al público; la desdicha atrae la mirada más que la felicidad.

Ahora bien -es necesario subrayarlo- la competencia despiadada entre los medios está, a diferencia de otros sectores de actividad, lejos de ser benefi­ciosa al público. Así grandes agencias de prensa practican a nivel mundial una censura económico-política. Esta censura ya no se basa en criterios de moralidad, sino en criterios económicos: se elimina todo lo que se considera que pueda "abu­rrir" o "molestar" al público. El peso del dinero en el audiovisual no es menos peli­groso que el peso de la política para la libertad de los medios o para la calidad de su contenido.

No podemos aceptar una situación así sin reaccionar. Y reaccionar en este campo es posible.

De parte de los profesionales de los medios, la mayoría está lejos de resignarse a esta sumisión a los imperativos del dinero. Han elaborado códigos de deontología de alto nivel. Estos códigos deberían tomarse realmente en cuenta y ser respeta­dos por el conjunto de la profesión, incluyendo en primer lugar a los editores y pro­pietarios de los medios. Pero esto supone necesariamente que la profesión se orga­nice y luche de modo concertado contra las desviaciones inevitables. De parte de los poderes públicos, esto supone que existan autoridades regulado­ras independientes, que promulguen reglas y tengan los medios de hacerlas respe­tar. Este tipo de institución independiente (ombudsman, órganos de mediación, autoridades dispuestas a recibir quejas, etc.) es la más eficaz para hacer respetar una deontología.

De parte del público también hay, más que lo que piensan ciertos profesionales de los medios, una fuerte demanda de que los medios saquen a la luz contenidos posi­tivos: los personajes más célebres y los más escuchados en los medios son a fin de cuentas "vedettes" de la bondad o de la justicia, o "testigos" cargados de un men­saje de paz .y de esperanza (en Sudáfrica, por ejemplo). Muchas "buenas" noticias han sido objeto de una comunicación acertada, pero eso ha necesitado un esfuer­zo de presentación de parte de los medios. En realidad el público expresa muy a menudo su decepción porque la visión del mundo que ofrecen los medios sea tan negativa. Dado que el público quiere historias que ayuden a vivir, los relatos refe­rentes a los "héroes positivos", cuando se los lee, escucha o ve, dejan un senti­miento de satisfacción mucho más profundo y duradero que el espectáculo de la violencia.

Lo que es positivo es pues completamente comunicable y capaz de retener el inte­rés del público. Nada de eso impide la búsqueda de beneficios para las empresas de medios. ¡Este tipo de contenidos genera audiencia! Junto con el gusto por la vio­lencia o por las historias de desdicha, hay en el ser humano un gusto más pro­fundo por aquello que apela en él a lo mejor de sí mismo. Eso vale tanto para el público como para los profesionales de los medios.


2.2, Presión identitaria

Puesto que "es necesario vender", también "es necesario" no provocar rechazc en el público. Los medios tenderán pues a ir en el sentido de lo que le gusta a su publico, pues éste busca muy a menudo en su periódico, su radio o su cadena de TV  la confirmación de sus ideas y la prueba de que tiene razón. Queremos ser confirma- dos en nuestras opiniones, incluso nuestros prejuicios -"ya te lo había dicho yo" Nos atenemos a que nuestras opiniones sean expresadas en la "plaza pública'' -, hoy los medios son esta plaza pública.

Esta presión del público se aplica en particular a la expresión de la identidad. En una época de mundialización, lo hemos subrayado anteriormente, cada uno desea legítimamente, que aquello que es por su cultura, su lengua, su religión, su modo de vivir, se exprese públicamente, o sea, a través los medios.

Que los medios expresen estas identidades, es sólo normal y también necesario: es una cuestión de respeto a las diversidades. Lo que no es legítimo, en cambio, es que demasiado a menudo se privilegien las expresiones más radicales de estas identidades. A los medios audiovisuales en particular les gusta presentar las oposi­ciones de manera frontal: hacen de ellas un espectáculo de boxeo en que los gol­pes son más interesantes que los "adversarios". Hace falta que al final del comba­te uno sea declarado vencedor ¡y tanto peor para el "vencido" - "vae victis!" "¡abajo los vencidos!" como decía el viejo adagio romano. Este tipo de espectáculo, del que viven los medios audiovisuales, no es seguramente la mejor elección cuando se trata del encuentro de las identidades particulares. ¿Son verdaderamente los mejo­res representantes de estas identidades aquellos que las afirman con la mayor bru­talidad e intolerancia

Este gusto por la caricatura, este simplismo, se ha desarrollado en los medios so pretexto de que atrae el público. Es de buen tono en la TV reír y hacer reír. Sí, pero no a costa de los "otros", y de modo a veces indigno. Allí radica la diferencia con el humorismo, del que es propio el saber reírse de uno mismo. Bienvenido pues el humorismo en los medios: es a la vez una victoria sobre los prejuicios y sobre la intolerancia.

Bienvenidos igualmente esos espectáculos en que se expresa libre y amablemente la riqueza tan diversa de las culturas y de los artes, todas estas "celebraciones de los pueblos" que los medios ganarían con presentar, en beneficio del descubri­miento del otro y del encuentro festivo.

2.3. Imágenes y violencia

Las imágenes de violencia difundidas por la televisión contribuyen directamente a la difusión de la violencia como tal en la sociedad. No se ha demostrado que origi­nen por sí solas comportamientos violentos que ciertos espectadores reproducirían en sus acciones después de haberlos visto en la televisión. Pero son sin embargo los principales vectores de una cultura de violencia y de una sociedad de violencia:

     La televisión se ha convertido en el principal criterio de "moralidad" de los com­portamientos sociales. También, difundiendo cada día imágenes de violencia, favorece la ilusión que la violencia es un medio eficaz o incluso el más eficaz para resolver los conflictos. Confirma, quiéralo o no, la ¡dea que la violencia es legítima. Es precisamente lo contrario de una "cultura de paz", donde los conflic­tos, inevitables, encuentran su salida no por la fuerza sino por la negociación.

    Además, la imagen, sobre todo cuando se combina en la televisión con el soni­do y la palabra, reviste una fuerza incomparable con la de los otros medios. Las imágenes se graban en el espíritu; se hacen emblemáticas de nuestra socie­dad: ¿quién no recuerda las imágenes del 11 de Septiembre, de los atentados de Madrid o de Bagdad, pero también de las violencias cotidianamente pre­sentes en nuestras pantallas?

     La imagen es simplificadora, fácilmente caricaturesca. Crea asidero en los espí­ritus para una cantidad considerable de prejuicios y consideraciones a priori con respecto a los 'otros': los musulmanes, los africanos, los magrebíes, los judíos, etc., y viceversa.

     La imagen demasiado frecuentemente negativa o instrumentalizada de las mujeres en los medios exacerba las tendencias sexistas o machistas en la socie­dad. No por gusto están estas imágenes en las violencias que se ejercen contra las mujeres, incluso dentro de las parejas.

     La verdadera naturaleza de la guerra es esterilizada a la pantalla. Urge comuni­car la realidad de la guerra en su brutalidad, en su carácter trágico tanto para aquellos que la sufren como para aquellos que la hacen. La guerra puede sedu­cir a aquellos que la miran desde lejos: "Dulce bellum inexpertis" - la guerra es bonita para aquellos que no la han experimentado.Esto vale para los medios de información. Y vale también para los medios de fic­ción6Es la tarea de los medios dar cuenta de los acontecimientos. Incluidas las imágenes, pero no sin ciertas precauciones.                                                                                                                                                                                                                              
 
Primeramente es indispensable, para dar a conocer la realidad de la violencia, acompañar las imágenes con las palabras. Los autores de las tragedias griega  sabían ya que si no se puede mostrar todo, el hecho de "decir" públicamente per­mite en cambio un proceso de pacificación de los corazones y los espíritus. Utilizar la mediación del 'logos', la palabra, unir la palabra a las imágenes, incluso las más violentas, es permitir al conflicto expresarse de otra manera que por la sola violen­cia: las palabras aportan ya en sí mismas una alternativa a la violencia. Se ha podi­do comprobar, por el contrario, que son aquellos que están limitados en su capaci­dad de hablar los que se expresan por la violencia, porque no tienen otro medio de hacerse "entender." Se ha podido notar en las prisiones que los autores de actos violentos, salvo excepción, disponían de un vocabulario muy limitado. Igualmente, los niños más impresionados por la violencia de las imágenes no hablan y quieren imágenes que no hablen. Establecer un tipo democrático de vida pasa, pues, por el aprendizaje de la palabra, que permite a la confiictualidad expresarse evitando la violencia gracias a las palabras que se le sobreponen (Olivier Mongin). Las comi­siones Verdad y Reconciliación que se han establecido en varios países desgarra­dos por la violencia más brutal (Sudáfrica, Argentina, Perú) han confirmado la vali­dez de esta regla: la palabra dicha y oída por las víctimas de esta violencia o por sus parientes ha sido una fuente de paz. Podrían citarse otras experiencias en las que se ha encontrado la vía para hablar de la violencia en los medios, incluso de enseñar las imágenes diarias de la violencia, sin legitimar esta violencia, y susci­tando una verdadera toma de conciencia en el público.

Los medios audiovisuales tienen, en efecto, como resorte principal la capacidad para suscitar emoción. Esta emoción puede conducir tanto al miedo como a la simpatía. Esto es lo que puede comprobarse actualmente a propósito de muchos conflictos en el mundo. Pues esta emoción es ambivalente: Por una parte, contrariamente a lo que podría pensarse, la omnipresencia de imá­genes de violencia en los medios embota la solidaridad y la compasión en lugar de aumentarlas7. Según investigaciones recientes se observa, entre los hombres, una disminución de la empatia; entre las mujeres, una visión del mundo que infunde miedo y está llena de amenazas. Ver y saber no son idénticos. El voyeurismo es lo contrario de la solidaridad; la disminuye en lugar de estimularla. El efecto más pro­bable de las imágenes de violencia no es la imitación, sino la desensibilización. La confrontación repetida con estas imágenes lleva a la aceptación de la violencia y a la resignación ante su inevitabilidad. La armonización del conocimiento, de la con­ciencia y de la emoción deja mucho que desear. Es que en efecto la imagen se diri­ge a la sensibilidad, mucho más que a la racionalidad. Unos hablan en este senti­do de una "trivialización" de las imágenes, suponiendo que las imágenes ya no se prestan a transmitir realidades profundas.

Por otra parte, la fuerza emocional de la televisión, si se utiliza a sabiendas, permi­te al espectador justamente no quedar como simple "espectador", sino implicarse realmente en las situaciones que se le presentan. Habitualmente, sin embargo, losmedios no tienen los recursos, o el tiempo, o la voluntad de desarrollar esta capa cidad de la imagen. Ésta podría ser no obstante un poderoso medio para alcanza un conocimiento acogedor de las personas y de las situaciones humanas. Cuar:: la mirada que se dirige a los otros tiene tal calidad, permite alcanzar una compre^ sión de lo que son estos "otros", más allá de lo que el discurso puede decir Tenemos experiencia de ello: después de haber visto ciertos documentales o pelí culas, nuestra mirada sobre los otros ha cambiado; se ha hecho más acogedora Por ejemplo, en Canadá, las series televisivas han hecho más en pro del respe! por las mujeres que muchas medidas políticas. La imagen ha probado su capaci dad de promover una vasta movilización en favor de los desheredados, los en:~:r mos, las víctimas de toda clase. Contribuye así a reforzar el nexo social entre gnuj pos y personas, en una sociedad donde las diferencias de identidad y de cultura s: a menudo fuentes de conflicto.

En nuestra sociedad operan dinámicas contradictorias. Por un lado, en el ca~ privado, se nota una aversión creciente hacia la violencia; por otra parte, en los r-jj gramas de diversión, en la política y en la información que ofrecen los medios. s| sugiere continuamente que la violencia es "normal". ¿Cómo pueden contribuir los medios de la imagen a hacer comprender, mostrando imágenes de conflictos e imagenes de violencia, que lo que es "normal" es el conflicto, y no el modo violento de resolverlo?

2.4. Internet y la "cultura de violencia"

Ya no estamos en una época de "mass-media". Nuestra sociedad se ha convertí en una "sociedad individualista de masas" (D. Wolton).

Paradójicamente, esta tendencia a la individualización se comprueba a proposi del medio que es el más interactivo y abierto en el mundo entero: Internet. M_:-d internautas buscan en efecto en la Red encontrarse con sus "lejanos s¡m':a-ea mucho más con sus "prójimos diferentes". Cada uno va hacia lo que concierne a sJ gustos o sus intereses personales. Cuando estos centros de intereses son jJ orden de la identidad cultural o religiosa, hay allí un peligro para la paz: es el riesgo de que cada uno se encierre en su identidad sin escuchar los otros 3 encuentran de hecho en Internet afirmaciones exacerbadas, incluso violentas, d relación con identidades culturales y religiosas. Muchos sitios, accesibles a tod:sJ cada uno, son incitaciones al odio y al asesinato.

Se encuentran también en la Red lo que se llama Internet-games. Son juegos d los que se imitan episodios de guerra8. Dan la sensación de asistir a acontecirr tos históricos, tomando parte de ellos. En realidad las imágenes de estos juegos tienen sólo escasa relación con la realidad de la guerra. El campo de batalla está noa blemente vacío, y la población civil se mantiene invisible. Estos juegos gozar j una gran popularidad, sobre todo entre los muchachos y los hombres aduí:os. Una vasta Industria de juegos de video explota la fascinación por la violencia. Sin embargo Internet presenta también recursos importantes para la paz: cono­cimiento de situaciones que no se reportan en otros medios (p.ej. sobre la situación de los indios y sobre lo que ha pasado en Chiapas); creación de una red entre ONG del mundo entero que permite movilizar a la opinión pública mundial y que ha teni­do éxito en hacer avanzar causas como la prohibición de las minas antipersonales o el TPI.

Además, hay ya en Internet numerosos sitios consagrados a la justicia y a la paz. Sería útil hacer la lista de ellos, apoyarlos y, lo que es igualmente necesario, ayudarlos a coordinarse entre sí para crear una vasta red de iniciativas en favor de la paz.

2.5. Cada tipo de medio tiene, por tanto, sus limitaciones y sus posibilidades pro­pias para desarrollar una cultura de paz.

La imagen tiene su fuerza emocional, que puede reforzar las reacciones de hosti­lidad o de compasión. También, para servir la paz, la imagen debe estar animada por una "mirada" de solidaridad y de humanidad y ser acompañada por la palabra. El texto trae los recursos de la reflexión, de la distancia, de la exposición -y su capacidad para desarrollar las informaciones, para suministrar análisis que pueden releerse sosegadamente, lo que permite al lector formarse su propia opinión. Internet, que no es objeto sino de falta de reglamentación, deja el campo libre a los discursos irresponsables, vagos, incluso rencorosos. Pero tiene la inmensa ventaja de la soltura y de la interactividad, y la capacidad de mancomunar fácilmente muchas buenas voluntades.

Pero es sin duda la radio la que mejor se presta para desarrollar una cultura de paz, pues es de alguna manera el "medio del corazón", por el hecho de que se diri­ge al oído y no al ojo. La escucha predispone a la acogida, a la comprensión. La música, de la que se dice que endulza las costumbres, viene a poner ritmo en las emisiones y pone en una disposición de espíritu favorable a la compasión. Es tam­bién un medio poco costoso. Es, finalmente, un medio ampliamente utilizado por las asociaciones y las Iglesias.

Valdría verdaderamente la pena, pues, desarrollar una estrategia de las radios en favor de una cultura de paz.


II
LOS MEDIOS HACIA UNA CULTURA DE PAZ :
LINEAS DE ACCION



Digámoslo de nuevo: los conflictos existen y existirán siempre. Los medios no pueden dejar de dar cuenta de ello.

La cuestión que se plantea a los medios y especialmente a los medios de la ima­gen es entonces ésta: ¿cómo pueden, sin esconder la realidad de los conflic­tos, no avalar la idea de que la violencia es normal para resolver estos con­flictos, sino desarrollar, por el contrario, una verdadera "cultura de paz"? Ahí está la responsabilidad central de los medios.

Es esencialmente una cuestión de la calidad de la mirada que dirigimos unos sobre otros: los medios pueden ayudarnos a tener una mirada humana, más allá de las diferencias de país, de cultura, de lengua, de religión y hasta más allá de los conflictos.

Ahí está la capacidad central de los medios.

 

Los medios tienen pues un papel capital que desempeñar en la construcción de la paz y, a pesar de todas las dificultades que hemos subrayado, lo hacen más a menudo de lo que se lo cree. No olvidemos a todos esos profesionales de los medios que han sufrido ellos mismos violencia y oposición en su trabajo de infor­mación. Muchos han dejado en ello la vida. Poniéndose así al servicio de la verdad y la justicia han sido profetas. Y como a los profetas, se les ha hecho parar: "ha dicho la verdad, hay que asesinarlo". El esfuerzo que queremos promover aquí quiere ser un modo de honrar la memoria de su sacrificio.

¿Cómo pueden los medios desarrollar esta "cultura de paz"? Queremos presentar aquí unas líneas de acción, inspirándonos en la encíclica Pacem in Terrís del Papa Juan XXIII. Ésta destaca cuatro valores constitutivos de una paz que, muy lejos de ser sólo ausencia de guerra, es la condición de salud de los cuerpos sociales y de la comunidad humana en su conjunto: libertad, verdad, justicia y solidaridad

1. LIBRES DE EXPRESARSE,RESPONSABLES DE DECIDIR

"Si los medios están llamados a sen/ir a la libertad, deben ser libres ellos mismos y utilizar correctamente esta libertad. Su estatuto privilegiado obliga a los medios a elevarse sobre intereses puramente comerciales y a servir a las verdaderas nece­sidades y al verdadero bienestar de la sociedad. Aunque sea oportuna cierta regla­mentación pública de los medios referente a los intreses del bien común, el con­trol gubernamental no lo es." (Juan Pablo II en su mensaje del 1° de Junio de 2003).

1.   La primera condición para que pueda desarrollarse una cultura de paz en los medios, es una verdadera libertad de expresión y de información, de manera que surja una opinión pública mundial. La opinión pública, en el sentido estricto de la palabra, es la opinión que concierne a la causa pública, al interés común. Conciernen al bien común de la humanidad, por ejemplo, el entorno, los derechos humanos o las armas de destrucción masiva. La opinión pública se distingue pues de las "opiniones publicadas" que pueden atraer la atención del público pero no tie­nen en cuenta el interés común.

'Hay en la actualidad dos superpotencias en el mundo: los Estados Unidos y la opi­nión pública mundial.' Este aforismo formula una realidad en vía de realizarse, que es al mismo tiempo una esperanza: la paz dependerá de una opinión pública libre­mente informada capaz de considerar el bien común de toda la humanidad.

2   Una real independencia editorial y financiera de los medios es la primera con­dición para el ejercicio de esta libertad de expresión y de información. Independencia en relación con:

Los poderes políticos: así, en muchos países, incluso aquellos que quieren ser democráticos, los medios, sobre todo los audiovisuales, son todavía controlados por el poder político de turno. Hace falta garantizar entonces esta independencia mediante instancias de regulación de los medios que sean independientes del poder político e incluyan a representantes de todas las corrientes de la sociedad. Los poderes ideológicos: Estos poderes tratan de afirmar su ideología en los medios, sin dejar espacio para el debate pluralista. Se ha comprobado bajo los regí­menes Ideológicos totalitarios, que tratan siempre de hacer pasar en los medios su visión del mundo.

Los poderes económicos: muchos accionistas se sirven de los medios de los que son propietarios para apoyar intereses que son los suyos, especialmente en caso de conflicto. Hace falta pues, por una parte, lograr el respeto a la independencia edi­torial y, por otra, garantizar una verdadera transparencia en cuanto a la propiedad de los medios. Es responsabilidad de los poderes públicos garantizar esta transpa­rencia.  

3 El pluralismo de los medios
es la segunda condición principa! de ia iberíad ce expresión y de información. Este pluralismo encuentra hoy dos obstáculos:

La tendencia de los medios a copiarse unos a otros, a dar las mismas informacio­nes en casi los mismos términos. Es el caso particularmente en situaciones de con­flicto.

Y sobre todo la concentración económica de los medios en el mundo en beneficio de grandes grupos internacionales.

De ahí la necesidad de tener medios de servicio público suficientemente fuertes para ofrecer una alternativa en un contexto de concentración económica de los medios9. Se trata de confiarles no sólo "misiones" de servicio público, sino "la misión" de servir al bien común del conjunto de la sociedad, especialmente de los grupos más desfavorecidos o insolventes, a quienes los medios comerciales aban­donan. Se comprueba, por otra parte, que el público retorna a los medios de servi­cio de público en tiempos de crisis moral o política10.

Esto requiere también que se desarrollen medios de tipo no lucrativo: medios de asociaciones, comunitarios, de movimientos o de iglesias. Este tipo de medios representa una contribución decisiva al servicio de la paz. Permiten en efecto a gru­pos minoritarios tener acceso a la expresión mediática en la sociedad. Representan también una fuente de información alternativa, a menudo de gran calidad, por la red de corresponsales que pueden movilizar en el mundo, como lo muestra un número de ejemplos actuales, especialmente en las radios11. Estos medios deben sin embargo estar atentos a no encerrarse ellos tampoco en reacciones identitarias, sino a estar siempre abiertos ai conjunto de la sociedad.

4.   La libertad, factor de paz, pasa finalmente por la actitud del propio público en el empleo que hace de los medios.

Los ciudadanos necesitan un acceso libre a las fuentes de información para decidir con conocimiento de causa; necesitan libertad de expresión para poder hacer cono­cer su opinión y debatir sobre ella en un libre intercambio con los otros ciudadanos. Pero esto sólo será efectivo si se desarrolla la capacidad del público para adqui­rir una actitud activa, una distancia crítica y una libertad de apreciación respecto a los medios. También hace falta promover las asociaciones de lectores, oyentes y televidentes que desempeñan un papel decisivo en ciertos países, tanto en relación con los medios como con el público al que contribuyen a formar con una mirada crí­tica

Esto es especialmente válido en caso de conflicto: por una parte para que el públi­co, allí en particular, sea capaz de una mirada crítica; por la otra, para que esté consciente de que asume el riesgo, mediante su propia demanda, de inducir a los medios a darle las informaciones que él desea.

 5. Esta educación de! público, y especialmente de los más jóvenes, para un empleo !:bre y consciente de los medios está lejos de haberse conseguido: éste debería ser un objetivo prioritario.

Una educación así pasa sencillamente, en primer lugar, por 1a educación en los valores fundamentales, por la educación para la libertad. Es la base fuera de la cual sería inútil construir, pues es lo que da a cada uno la capacidad de elegir libremen­te y según sus propios valores.

Esta educación para los medios se ha desarrollado en numerosos lugares. Ha sido objeto de ocasionales investigaciones universitarias. Valdría la pena tratar de man­comunar y generalizar estas experiencias.

 

 En el campo particular de las violencias y en los casos de guerra, ¿cuáles serían las vías para una educación para los medios como la descrita? Sería interesante crear una colaboración entre los especialistas de la educación para los medios y los que reflexionan sobre la educación para la paz.

6. Para la Iglesia católica, el que los medios sirvan a la libertad será aceptar el desarrollo de una diversidad real en las opiniones expresadas por el pueblo cristia­no. Será el otorgamiento de una independencia real a los responsables editoriales de los medios católicos.

Medios para una cultura de paz, en el campo de la libertad, es compro­meterse en una acción en los siguientes campos:

      trabajar para hacer surgir una opinión pública mundial, atenta al "bien común" del planeta,

      garantizar la independencia editorial y financiera de ios medios,

      favorecer el pluralismo de los medios,

      desarrollar los medios de tipo no lucrativo, especialmente los medios cris­tianos,

      invertir en la educación para un empleo libre y crítico de los medios, en colaboración con aquellos que educan en los valores y para la libertad.

2 DESCUBRIR Y COMPRENDER
LA VERDAD DE LOS OTROS

"Los medios hacen a menudo un valeroso favor a la verdad; pero a veces funcio­nan como agentes de propaganda y de desinformación al servicio de intereses limi­tados o de prejuicios nacionales, étnicos, raciales y religiosos, o de la avidez mate­rial y de ideologías mentirosas de varios tipos" (Juan Pablo II en su mensaje del 1B de junio 2003).

1.  Dar a conocer al otro en su verdad: una mediación

Aquí la apuesta principal por la construcción de la paz es la de la verdad del otro: cuando los medios hablan de acontecimientos, hablan siempre de personas con­cretas, de hombres y de mujeres. Los medios sirven la verdad cada vez que nos dan un acceso un poco mejor a la humanidad de estas personas. Los "medios" realizan un trabajo de "mediación", en el sentido propio del término, entre aquellos de quienes hablan y el público a cual se dirigen.

2.   El servicio de la verdad supone de parte de los periodistas una voluntad de comprender a las personas o los acontecimientos de los que hablan.

La verdad no es una cuestión de exactitud ni de fría objetividad. Puede hacerse un reportaje muy exacto sobre unos acontecimientos y sin embargo traicionar a la ver­dad. Pueden informarse las palabras exactas de unas personas y sin embargo trai­cionar su verdad profunda.

El gusto por la verdad para el periodista, es tratar de hacer comprender el interior de estas personas y cuáles son las causas profundas de los acontecimientos.

3.   Esto supone también una sólida formación en la aproximación intercultural.

Se requieren aprendizaje y preparación cuando se trata de dar cuenta de lo que pasa en otros países, otras culturas, otras religiones. Enviar a un lugar a alguien que no conoce nada del país o del trasfondo de los acontecimientos, es faltar a la verdad, es contribuir a la incomprensión. Es a menudo mantener los prejuicios, no ayudar a una solución pacífica de los conflictos.

4.   Los partidos tomados por una ideología también se oponen a la verdad. Bajo los regímenes ideológicos totalitarios la mentira era gene-a zada pues los aconte­cimientos y las personas debían interpretarse necesariamer:e según el filtro de esa ideología. Los medios en estos países tienen que encontrar ;aminos para cumplir con las exigencias de la verdad.

5.   La objetividad perfecta no existe y por otra parte no se requiere.

La información debe sin embargo ser fiable y honesta: la "veracidad" de las infor­maciones es un mínimo indispensable. Esta veracidad se consigue comprobando y recortando las informaciones.Hace falta tambien una organización de la profesión para resistir a las presiones cuando están en juego intereses politicos, ideologicos o económicos.


6.  
La verdad es siempre compleja.

"Quien no oye más que una campana, no oye más que un sonido." Éste es el caso a fortiori si se trata de hacer comprender la "verdad" de las personas involucradas en los acontecimientos.

No hay verdad ni paz posibles a largo plazo sin debate: no es posible acercarse a la verdad sin una diversidad de puntos de vista, y en primer lugar, si es posible, de parte de las propias personas involucradas.

Tampoco está la verdad en las imágenes en bruto o en una simple exposición de los hechos: la complejidad de las situaciones humanas exige siempre un mínimo de comentario, de explicación y de análisis.

7.   "Demasiado rápido"

La verdad, sobre todo cuando se trata de personas, exige tiempo. Es imposi­ble "comprender" y menos aún hacer comprender sin haberse familiarizado con aquellos de quienes se habla.

Es por eso que muchos errores se deben a la rapidez con la que hay que recoger la información y al poco tiempo de que se dispone para informar. Lo que se presenta al público le da entonces la impresión falsa de que conoce, pero en realidad tiene sólo un enfoque parcial de los hechos.

Igualmente, en la prensa escrita se acortan cada vez más las noticias, a causa del modelo de comunicación de Internet. El público se cansa de toda esta oleada de noticias con poca o ninguna jerarquización.

Cuando ha faltado tiempo, sería necesario cuando menos advertir al público que los elementos de información suministrados brindan sólo un conocimiento limitado de lo ocurrido.

8.   Una dosis de humor forma parte también de la verdad. Utilizado a sabiendas, permite tomar distancia y ayudar al público a hacer otro tanto. Permite sobre todo tomar una medida más justa de lo que ha reportado, denunciar sin condenar, rela- tivizar los puntos de vista.

9.   Para la Iglesia católica, el que los medios sirvan la verdad es estar atentos a que las verdades de la fe no se conviertan en una forma de ideología a través de cuyo prisma se deforme la realidad. Es alentar a los medios católicos al diálogo ecuménico e interreligioso.

Medios para una cultura de paz, en el campo de la verdad, es compro­meterse en una acción en los siguientes campos:

          Tratar de comprender y de hacer comprender la verdad del otro

          Formarse en serio en la diferencia de las culturas

          Comprobar y recortar las informaciones

          Hacer justicia a la diversidad de los puntos de vista, instaurar el debate

          Tomar el tiempo para familiarizarse con los otros

           ...y no olvidar mantener el humor

3. Promover la justicia y el respeto 
a la dignidad humana

"Los medios tienen el estricto deber de promover la justicia y la solidaridad en las relaciones humanas a todos los niveles de la sociedad. Eso no quiere decir atenuar indebidamente las quejas y las divisiones, sino remontarse a sus raíces para que puedan ser comprendidas y resueltas."(Juan Pablo II en su mensaje para el 1a de junio 2003).

1.  No hay paz sin justicia.

"Crearon un desierto que bautizaron con el nombre de paz" habría dicho Tácito. La paz no consiste nunca en echar un velo púdico sobre las injusticias que claman en nuestro mundo. El primer trabajo al servicio de una cultura de paz consiste en denunciar la injusticia. En efecto, cuando las cosas se dicen, es ya un medio de pre­venir una violencia que a menudo estalla porque no ha habido otro medio de hacer reconocer su derecho y obtener reparación.

2.   La primera tarea de los medios será pues dar a conocer las realidades y las situaciones de pobreza y de injusticia. Esta capacidad de sacar a luz las injusti­cias es decisiva para los procesos de paz.

Las desigualdades enormes, a escala mundial, se hacen visibles por los medios, sean estas desigualdades económicas (en la distribución de los bienes, los recur­sos y las rentas), o políticas (reparto del poder en el plano mundial: dominio/sumi­sión): "La televisión ha llevado el mundo de los ricos y famosos hasta las aldeas más lejanas, mientras trae las imágenes del hambre, de la guerra y de la enferme­dad hasta nuestros iiving-rooms. Ya no podemos alegar más que no sabíamos nada"12.

3, Los medios pueden desarrollar aún más este servicio de la justicia: En lugar de copiarse unos a otros enfocando todos juntos y de la misma manera ia atención del público sobre algunos elementos de actualidad, pueden dar acceso a informaciones sobre situaciones de las que se habla poco. Un periódico difunde apenas la centésima parte de las informaciones que recibe. Partes enteras del mundo escapan a la atención de! público, 'Die im Dunklen sieht man nicht.' Aquellos que están lejos de los reflectores permanecen invisibles y no pueden dar a conocer su punto de vista.

Para servir a la paz, es necesario dar voz a los hombres sin voz, y rostro a los hombres sin rostro.

 

4. Ocurre así con muchas de las situaciones en los países del Sur, especialmente en África. Los países del Norte desconocen masivamente los sangrientos conflictos de que muchas de estas regiones son víctimas y más aún sus causas: a menudo estos conflictos no se deben en primer lugar al tribalismo, sino a los países de! 'Norte' que han creado y mantienen estos conflictos por su propio interés económi­co o político, a costa de la vida de millares de víctima
Los medios de las asociaciones y las Iglesias tienen allí una responsabilidad par­ticular, en función de sus capacidades y redes propias, en la recogida de informa­ciones. Deberían estar particularmente atentos a no dejar ciertas situaciones en la sombra, 'im Dunklen'.

6.   El acceso a los medios y a los medios de comunicación se distribuye muy des­igualmente en diferentes partes del mundo. Una gran parte de la humanidad está reducida a un papel puramente pasivo en la información y la comunicación. El acce­so a Internet, en particular, no concierne todavía más que a una mínima parte del planeta. Esta fractura numérica entre los "have" y los "have not" acentúa las injusti­cias existentes: en una sociedad de la información y de la comunicación el hecho de no tener acceso a Internet es una limitación adicional. Todavía más, los países del Sur deben pagar caro a los del Norte para tener acceso a Internet. Es pues urgente, para la paz, trabajar por el acceso universal a los medios.

7.   Esta denuncia de la injusticia no debe evidentemente limitarse a lo que ocurre en los países lejanos. Es también necesaria respecto a las situaciones locales, con esta dificultad suplementaria de que puede ser más arriesgado tropezar con los poderes locales. Eso supone más independencia y coraje. La dificultad está a menudo entonces en saber elegir las causas por las cuales luchar prioritariamente. Hace falta en todo caso rendir homenaje a todos los profesionales de los medios que no tienen miedo de arriesgar su reputación, su libertad y hasta su vida por la justicia y la verdad.

8.   Contribuir a la justicia, para los medios, es finalmente respetar la reputación y la vida privada de aquellos en quienes centran su interés:

-      Respeto de la presunción de inocencia.

-      Distinción entre lo que es del dominio público y del dominio privado sin sacrificar este último a las necesidades de lo sensacional. Es una cuestión de respeto al derecho de cada uno a una vida particular y íntima. Se trata también de evitar que la atención que requieren las cuestiones de interés público se desvíe hacia cuestiones que nos conciernen mucho menos o no nos conciernen en absoluto.

-      A veces los responsables de los medios deben proteger contra sí mismas a per­sonas que se exponen a la curiosidad de los demás sin darse cuenta de las con­secuencias que puede tener su aparición en los medios.

-      Los medios tienen que respetar la buena reputación de quienes son objeto de sus publicaciones y corregir las informaciones inexactas, sobre todo si han com­prometido esta reputación.

9.   Para la Iglesia católica, el que los medios sirvan a la justicia será seguir que­riendo ser la voz de los sin-voz y el rostro de los sin-rostro.

Será para los profesionales cristianos aceptar los riesgos del coraje para un servi­cio profético.

Medios para una cultura de paz, en el campo de la justicia, es compro­meterse en una acción en los siguientes campos:

      Dar a conocer las situaciones de injusticia entre nosotros y en el mundo, en particular aquellas de las que no se habla o no se -abla suficiente­mente.

      Dar voz a los hombres sin voz y rostro a los hombres sin rostro.

      Luchar por un acceso universal a los medios, especialmente a Internet.

      Distinguir entre lo que es del dominio público y lo que debe permanecer en el campo privado.

4. Construir una civilización de la solidaridad y del amor

"El impacto mundial de los medios implica responsabilidades especiales. Si es cier­to que los medios pertenecen a menudo a grupos de intereses particulares, priva­dos y públicos, la naturaleza misma de su impacto en la vida exige que no contri­buyan a oponer un grupo contra otro -por ejemplo, en nombre de los conflictos de clase, del nacionalismo exacerbado, de la supremacía racial, de la purificación étni­ca y así sucesivamente."

(Juan Pablo II en su mensaje del 1B de junio 2003).

1.  La mundialización, con su mezcla de poblaciones, de culturas y de religiones es el principal desafío a asumir para aquellos que quieren construir la paz en el mundo actual.

Cada uno confronta directa e ininterrumpidamente la presencia de! "otro" en tanto que es diferente. Los medios tienen pues la tarea de ayudar a cada uno a superar sus prejuicios. Pero sobre todo a superar su miedo, pues éste nos ciega y nos quita la capacidad de actuar de modo razonable. El miedo es la fuente en nosotros de reacciones primitivas que no podemos controlar. Tenemos pues que preguntarnos si los medios refuerzan estos miedos o contribuyen, por el contrario, a liberarnos de ellos.

2.   Hacer pasar del miedo a ia confianza ante el otro.

Ahí precisamente podrían los medios desarrollar todas las potencialidades que les son propias como medios de comunicación en el seno de la sociedad: favorecer por todos los medios el descubrimiento mutuo, el conocimiento, la comprensión y la aceptación mutua.

Dar la palabra a los "otros", hacer descubrir "al otro" en lo que nos lo hace her­mano y hermana en humanidad: tal debería ser pues la divisa de los medios en estos tiempos de mundialización. La radio es una herramienta particularmente útil en este sentido: tiene más posibilidades que los medios de la imagen o de! texto para hacer "entender" voces numerosas y diversas.

3.   Esto supone una disposición mental de apertura, que no se opone en absoluto a la afirmación de la identidad de cada uno, sino al contrario. Los medios, adoptando como clave de lectura la tensión entre estas dos tendencias antagónicas -apertura y pertenencia identitaria- podrían dar ejemplos que favorezcan una dialéctica que permita ser 'abierto-de-mente y comprometido' al mismo tiempo: no encerrarse sino abrirse al diálogo13. 

4.   Los medios, si quieren trabajar por la paz, tienen que convertirse en especialis­tas del diálogo intercultural. Nunca es fácil presentar emisiones que vienen de otra cultura: todos los que han probado a hacerlo saben que demanda un esfuerzo pedagógico considerable, mucho más allá de la simple traducción. A los medios, pues, corresponde trabajar a brazo partido en una de las claves de la paz: la comunicabilidad de las identidades.

5.  En muchos conflictos, es sorprendente el número de iniciativas en las que aque­llos y aquellas que parecerían deber odiarse hacen causa común en un espíritu de hermandad universal, con plena conciencia a la vez del conflicto y del respeto por el otro.

Los medios dan raramente cuenta de tales actitudes. Es sin embargo exactamente el tipo de "buenas noticias" que deben sacarse a la luz antes, durante y después de los conflictos. Se puede estar seguro de que tales hechos encontrarán una acogida positiva en el público.

Sería una tarea prioritaria a confiar a periodistas profesionales el ser "corres­ponsales de paz."

Una agencia de prensa internacional podría asegurar la coordinación de una red de dichos corresponsales de paz, de tal modo de dar a estas actitudes ejemplares una resonancia mundial.

6.   Otro registro donde los medios tendrían una tarea a cumplir concierne a lo que puede llamarse según la doctrina social de la Iglesia el bien común de toda la humanidad. Ayudar a las partes en conflicto que ya no parecen tener ningún interés común a redescubrir que la paz es en realidad un bien común a reconquistar14.

7.   Para la Iglesia católica, el que los medios estén al servicio del amor, es senci­llamente querer que los medios estén realmente al servicio de la caridad, en el sen­tido más elevado del término: no hay vocación más -ernosa para los medios que ser auténticamente medios de "comunicación" con vistas a una "comunión."

Medios para una cultura de paz, en el campo de ia solidaridad, es com­prometerse en una acción en los siguientes campos:

      Dar la palabra a los "otros"

      Trabajar por la comunicabilidad entre las identidaces

      Hacerse especialistas en el diálogo intercultural e iníerre c oso

      Informar sobre todos los que, en las situaciones de violencia, lacen obras de solidaridad

      Crear una red de corresponsales de paz

      Poner el acento sobre el "bien común"

1        Ver, como ejemplo no exhaustivo, la lista de organizaciones y de iniciativas menciona­das en el Adjunto C (Documentación de referencia) de! documento de Ross Howard El papel de los medios en la consolidación de la paz - Marco operativo (enero 2002), publi­cado por IMPACS, Institute for Media Policy and Civil Society, 910-207 calle Hastings West, Vancouver C.-B V6B 1H6, Sitio Web www.impacs.org .

2        Comunicación oral en la Conferencia Regional Europea contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia de la ONU, Taller "Medios".

3        Es lo que observaba un musulmán: lo primero que debe hacerse actualmente en rela­ción con el Islam, es enmendar las falsas ideas que tiene la mayoría de ¡os no musul­manes sobre el Islam.

4        Paul Farmer, Conferencia inaugural en el Colegio de Francia (Cátedra Internacional, 2001-2002, Le Monde, 11-12 de noviembre 2001).

5        'Para comprender sí encuadre político según la lógica de los medios, debemos referir­nos a los principios generales que gobiernan a los medios noticiosos: la carrera por la preferencia de los espectadores, en competencia con los programas de entretenimien­to; el necesario distanciamiento de la política, para inducir la credibilidad. Estos se tra­ducen en las suposiciones tradicionales en la cobertura noticiosa: 'Las noticias tienen que ver con el acontecimiento, no con las condiciones en las que se basa; con la per­sona, no con el grupo; con el conflicto, no con el consenso; con el hecho que hace avan­zar el relato, no con el que lo explica'. Sólo las malas noticias, las que tienen que ver con conflictos, dramas, tratos ilegales o conductas objetables, son interesantes. Dado que las noticias se conciben para transmitirse en paralelo (y en competencia) con espectáculos de entretenimiento, o eventos deportivos, lo mismo ocurre con su lógica. Requiere drama, suspenso, conflicto, rivalidades, codicia, engaño, ganadores y perde­dores y, si es posible, sexo y violencia'. (Manuel Castells, The Power of Identity, Blackwell , Malden Massachusetts USA/Oxford UK 1997, pág. 321).

         6 La llíada de Homero es una excepción a este respecto: 'Vencedores y vencidos son igualmente cercanos, son al mismo título los semejantes del poeta y del oyente... En nada se disfraza la fría brutalidad de la guerra, porque ni vencedores ni vencidos son admirados, despreciados ni odiados' (Simone Weil).

7      "El excitante se convierte en un calmante (...) No tener nada más que ver con lo que veo, tal es la lección paradójica de esta oleada contemporánea de imágenes feroces" (Olivier Mongin).

8     Por ejemplo la invasión de Normandía, Día-D 1944.

9      Hace falta pues asegurarles una independencia editorial (como se ha dicho aquí), pero sobre todo financiera, garantizándoles recursos que no dependan de la buena voluntad de tal o cual gobierno. Esto se pone en duda hoy en muchos países en nombre de la ley del mercado.

10     Se notará la Recomendación de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (R 1396, 1999), que insiste en que se asegure "a todas las religiones un acceso justo y equitativo a los medios públicos."    

11      Los poderes públicos deberían a este respecto facilitar su existencia mediante una reglamentación apropiada que tenga en cuenta su carácter no-lucrativo y también cui­dando de atribuirles frecuencias equitativamente.

12     Jonathan Sacks, The Dignity of Difference - How to avoid the clash of civilizations. Continuum, Londres/Nueva York, edición revisada 2003, pág. 108.
 
13 El sociólogo Manuel Castells señala la existencia de comunidades de resistencia con­tra la uniformación: 'las comunas de resistencia defienden su espacio, sus lugares, con­tra la lógica sin lugar del espacio de flujos que caracteriza la dominación social en la Era de la Información. Reclaman su memoria histórica y/o afirman la permanencia de sus valores, contra la disolución de la historia en el tiempo intemporal y la celebración de lo efímero en la cultura de la virtualidad real. Utilizan la tecnología de la información para la comunicación horizontal de la gente, y la oración comunal, mientras rechazan la nueva idolatría de la tecnología, y preservan los valores trascendentes contra la lógica deconstructiva de las redes auto-reguladas de computadoras' (The Power of Identity, pág. 358).

Citemos las palabras del célebre antropólogo Marcel Mauss:


'El espíritu de paz es ante todo un espíritu de federación; es

posible sólo por la federación y es ésta la que hace falta crear para tener la paz, y no inversamente crear la paz para tener

luego los Estados Unidos de Europa o del mundo. Será cuando haya unos Estados Unidos de Europa que habrá paz en

Europa, cuando haya unos Estados Unidos del mundo que habrá paz en el mundo. No antes; asumamos el atrevimiento, el

riesgo y la ridiculez de esta profecía. Será necesario realizar la paz de prójimo a prójimo, realizándola en socie­dades cada vez

más grandes o, dado que la moda actual es no sólo de las grandes naciones sino también de las pequeñas, en federaciones y

confederaciones cada vez más vastas, entre las cuales tratados simples y ampliados harán reinar cada vez más fácilmente la

paz y distanciar -hasta hacerlas desaparecer- las guerras' 
(Le Monde, diciembre 1990).